sábado, 24 de abril de 2010

El comienzo de la historia...

Cuando era niña siempre creí que los seres humanos éramos como una especie de casa, muy pequeñas al principio, y que éstas casas tenían varios frentes: el de hijo, el de hermano, el de amigo, el de hombre (o mujer), el de estudiante (y luego profesionista), etc. y que cada que madurábamos en algún aspecto o que aprendíamos algo nuevo, era equivalente a ponerle un ladrillo más a esa casa, y que bueno corrías el riesgo que si sólo te empeñabas en un aspecto de tu vida, sin duda tu casa sería muy frágil por muchos otros frentes, ya que era como si sólo pusieras ladrillos de un sólo lado.

Cabe mencionar que siempre fui una niña que solía mucho imaginar, hablaba conmigo misma todo el tiempo, a veces recreaba todo un monólogo constructivo para darme un caramelo afectivo y otras como en esta, mis propias recreaciones se volvían contra mí en forma de pesadillas.

El primer libro que recuerdo haber leído fue el Principito, de Antoine de Saint-Exupéry el cual narraba el viaje de un pequeño niño que vivía en su propio y pequeño planeta, llega a la Tierra para entender las cosas de la vida que todos nos preguntamos en algún momento, a mí me parecía tan hermosa la idea de poder “conocer la vida” por uno mismo y la idea de vivir en un lugar donde sólo estás tú y un ser a quien amar (una rosa).

La idea de la casa era muy conveniente para mí, pues con el tiempo he llegado a pensar que así como me hacía “madurar” en muchos aspectos también me separaba del mundo que me rodeaba, y bueno en ese entonces alejarme era mi único objetivo, aunque solo fuera a través de las fantasías de una niña.

Regresando a la historia, yo imaginaba que “mi casa” era el equivalente a mi pequeño y propio planeta como el de El Principito, dentro de ella me sentía segura ya que ahí podía yo tener una imagen de mi padre y de mi madre como yo quería que fueran.​

Imaginaba por un momento que todos mis problemas se solucionaban como por arte de magia, que a mi lado se encontraba la familia que siempre soñé, la casa en la que me hubiera gustado estar, a mi padre abrazándome con mucha ternura mientras mi mamá nos servía chocolate caliente y pasábamos una tarde lluviosa y obscura protegidos en este hogar cálido y amoroso.

En mis peores pesadillas, al mirar a mi alrededor notaba de pronto que la casa solo había sido construida de un lado, y que de pronto todo se remueve y provoca que se caiga, veo de pie a un lado de ella, como mi casa llena de amor y mis padres que están dentro, se derrumba frente a mis ojos, trato de correr para salvarla, pero afuera llueve, hace frío y está obscuro, no importa cuánto trate, no consigo sujetar mi casa, mis padres, mis sueños, mi felicidad. Cuando el movimiento parece haber terminado, siento un miedo inmenso, la obscuridad a penas me permite distinguir mis propias manos, sigue lloviendo no sé a dónde ir y estoy completamente sola. Corro por mucho tiempo, la desesperación crece con cada paso que doy, me resbalo y sigo intentando es como si cada esfuerzo que realizara fuera en vano, de pronto una luz se distingue a lo lejos, es el reflejo de la ventana de mi hogar amoroso, siento como si casi pudiera percibir el olor del chocolate, así que mi desesperación se convierte en ansiedad, de pronto siento que tengo una dirección hacia donde correr, la esperanza de que al llegar de nuevo a ese lugar, la felicidad regresará a mi alma. Después de un largo camino consigo acercarme lo suficiente como para distinguir la casa, toco la puerta pero parece que nadie me escucha, le doy la vuelta y grito por las ventanas pero nadie parece darse cuenta. El sufrimiento crece a cada instante como también va creciendo mi ahínco por conseguir entrar.



Esta pesadilla la voy recorriendo en mi cabeza mientras corro por la calle una hora más tarde de mi horario de entrada a la oficina, con el maquillaje deshecho, lágrimas en los ojos y mi vida derrumbada igual que la “casa amorosa” de mis sueños.

Al llegar a la oficina no pienso en nada, veo a mi jefe molesto por la hora, a un par de compañeros intrigando en ¿qué será lo que esta vez me ha pasado?. No le tomo atención me siento en mi pequeño cubículo, busco en la computadora un número telefónico y marco, no puedo pensar en otra cosa, el llanto no me permite hablar, pero realmente necesito hacer esa llamada.

Timbra un par de veces que a mi me parecen una eternidad y contesta mi terapeuta, a quien dejé de ver hace meses, por problemas de tiempo. Me saluda y pregunta como estoy, se da cuenta de inmediato que no puedo hablar, y me dice -¿Estás muy mal verdad?- a lo que yo solo asiento con la cabeza y hago un pequeño gemido de que es así, me pregunta si esa misma tarde quiero pasar a su consultorio y a penas consigo decirle, si.

No hay comentarios:

Publicar un comentario